Los libros malditos del temple
Los templarios, además de guerreros, eran hombres religiosos y cultos. Como tales, poseían bibliotecas, con sus scriptoriums, al estilo de cualquier monasterio, conteniendo toda clase de manuscritos, adquiridos o de elaboración propia. Poca cosa, sin embargo, es lo que nos ha quedado de las bibliotecas templarias.
La Inquisición entró a saco en ellas durante el proceso de disolución. Los libros poco ortodoxos ardieron en las piras junto a muchos de sus dueños, aunque es posible que algún volumen fuese a parar a los depósitos secretos del Vaticano. A partir de 1312, cuando finalizó el reparto de los bienes templarios, los volúmenes que consiguieron pasar por el ojo de la aguja inquisitorial entraron a formar parte del patrimonio eclesiástico, de otras órdenes, de la Corona o de algunos nobles, y su memoria se esfumó.
Aunque no del todo. El pueblo llano había reconocido, siquiera instintivamente, el valor del legado cultural templario, y quiso que, junto a los tesoros puramente materiales, se conservara el recuerdo de otros de índole intelectual, quizá menos atractivos para el hombre iletrado carente de los conocimientos necesarios para disfrutar de tal legado en caso de hallarlo, pero no por ello menos interesante, puesto que representan instrumentos de poder, ya que están referidos no al orden material del oro, sino al espiritual, que puede proporcionar acceso a esferas de trascendencia.
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El guardián del Grial
La idea que tenemos de las sagas artúricas, tan vinculadas al Grial, suelen remitirnos a los paisajes brumosos y nevados del norte de Europa. Por ello, puede resultar una sorpresa encontrarse con una serie de ermitas y enclaves en el norte de la provincia de Burgos, directamente relacionados desde hace siglos con el misterioso objeto.
En esos valles donde comenzó la historia de Castilla, se encuentran diseminadas pistas que sugieren la posibilidad de que la leyenda del Grial hubiese dado aquí sus primeros pasos, según fue plasmada en los romances, a partir del siglo XII.
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Un Druida en Compostela
El primer hereje ejecutado por la Iglesia católica, iniciador de un movimiento cristiano de gran influencia en diversos países de Europa, bebió de las fuentes del antiguo druidismo, el paganismo y los saberes esotéricos. Su cuerpo es muy probablemente el que se venera en la catedral de Santiago de Compostela, y existen autores que defienden la tesis de que sus enseñanzas influyeron en las creencias de los cátaros…
La fecha de su nacimiento no está clara, aunque según todos los indicios su llegada al mundo tuvo lugar entre los años 340 y 345. Procedente de una rica familia cristiana de la Gallaecia Hispánica, desde muy joven Prisciliano se sintió atraído por el saber, principalmente por los conocimiento herméticos. En Burdeos fue alumno del famoso Delfidio, quien se decía poseedor del conocimiento de los antiguos druidas, y de San Agustín, un pagano seguidor de las tesis maniqueistas –creencia de que el mundo es una confusa mezcla entre el bien y el mal como consecuencia del conflicto primordial entre una luz y unas tinieblas en equilibrio– que finalmente se convirtió al cristianismo.
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Esos misteriosos druidas
Los griegos del siglo II a.C. fueron los primeros en observar que entre los pueblos bárbaros, a los que denominaban keltoy, existía una misteriosa casta sacerdotal: unos hombres a quienes no tuvieron inconveniente en reconocer como predecesores de la filosofía griega y a los que consideraron semejantes a los magos persas y caldeos. Eran los druidas, nombre asociado tradicionalmente al roble, el bosque y la sabiduría.
No se conoce a ciencia cierta su origen. Algunos autores piensan que podrían ser parte de los últimos pueblos megalíticos con los que habrían convivido los proto-celtas, que ya debían haber entrado en un lento ciclo de decadencia, perdiendo progresivamente sus capacidades por el simple contacto con otras comunidades guerreras en tiempos especialmente conflictivos. Justamente fue en los lugares de amplia tradición megalítica donde prosperaron los celtas.
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La virgen de los templarios
La existencia de la Orden del Temple ha significado una piedra miliar en los dos siglos centrales del medievo, aquellos que han visto el florecer y el nacimiento de hechos excepcionales e irrepetibles: las grandes peregrinaciones y las cruzadas, la poesía de los trovadores y el amor cortés, las herejías de los «buenos hombres» cátaros, el mito del grial y los caballeros del rey Arturo. Las figuras de los templarios Hugues des Payns, Guillermo de Beujeau, Bernard de Trémelay, Jacques de Molay, Roger de Flor, fueron famosos personajes históricos como Goffredo di Buglione, Ricardo Corazón de León, Saladino, Bernardo de Claraval, Bonifacio VIII o Felipe El Hermoso.
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Antonianos: la orden de la TAU.
Hábitos negros y cruces azules fueron, durante siglos, los distintivos de una de las órdenes religiosas más enigmáticas y desconocidas de la Cristiandad. Nacida en tierras egipcias con la finalidad de curar una extraña epidemia que asolaba la Europa medieval, esta misteriosa congregación debe su nombre a san Antonio Abad, famoso por sus visiones y tentaciones diabólicas.
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